jueves, 24 de julio de 2014

Medicina Medieval: De "El Médico" a Trota, la Médico


El lunes pasado tuve ocasión de ver la película “El Médico” (Philipp Stötzl, Alemania, 2013), que está inspirada en la novela de Noah Gordon, The Physician (1986), y que en su momento fue gran éxito de ventas, especialmente en España y Alemania. Si alguien no ha leído el libro ni visto la película, en resumen narra una historia ambientada en el s. XI: el inglés Rob Cole, que desde niño posee el don de presentir la muerte de una persona, tras aprender los rudimentarios conocimientos médicos que le transmite un barbero, decide viajar a Persia para aprender en la escuela de Avicena ( 1037), el sabio más brillante de aquella época. Rob Cole logra convertirse en el mejor estudiante de medicina, a la vez que encuentra el amor de su vida. Tras la muerte del sha de Persia, que lo protegía, Rob Cole vuelve a Occidente a compartir lo que ha aprendido.
No voy a valorar la película ni su relación con la novela (un tema más adecuado para los blogs de cine y literatura), pero no puedo evitar apuntar que en la película se dice que la madre de Rob muere a causa de “la enfermedad del costado” (en la novela muere al dar a luz), y más adelante dan a entender que se trata de apendicitis, enfermedad que Rob puede estudiar en un cadáver, y luego incluso, casi al final del film, operar exitosamente al sha que padece el mismo mal (nada de esto aparece en la novela).
Parece inevitable que novelas y películas del llamado género “histórico” estén llenas de atropellos a la Historia, y los que somos aficionados (me incluyo) constantemente tenemos que hacer la vista gorda, y pensar “es una película”, “el pobre guionista de Hollywood qué sabía”, “sigámosle la corriente”. Pero sin duda a veces los errores (y horrores) históricos son tan patentes como gratuitos (por el puro gusto de insultar la inteligencia del lector-espectador).
En el caso de esta película, hemos de saber que el “mal del costado” (dolor lateris) era uno de los nombre que se daba en la Antigüedad y la Edad Media a la pleuritis (pleurisis). De hecho el término griego “pleurá” significa “costado”. Era una de las tantas enfermedades cuyos síntomas la medicina antigua sabía describir, aunque no conocía su origen ni conocía un tratamiento eficaz. Una víctima célebre de esta enfermedad fue el emperador Carlomagno:
Einhardus, Vita Karoli, 30 (MGH, SS, t. 2, p. 459)
Y mientras pasaba ahí el invierno, en el mes de enero cayó en cama, devorado por una fuerte fiebre. De inmediato, ya que la fiebre no cesaba, él se impuso una abstinencia de alimentos, creyendo que con esta moderación podía vencer o al menos mitigar el mal.
Cumque ibi hyemaret, mense ianuario, febre ualida correptus, decubuit. Qui statim, ut in febribus solebat, cibi sibi abstinentiam indixit, arbitratus hac continentia morbum posse depelli uel certe mitigari.
Pero atizando a la fiebre el mal del costado, que los griegos llaman “pleuresía”, y ya que mantenía todavía la abstinencia, y sustentaba el cuerpo solo con alguna bebida, murió, tras recibir la sagrada comunión, al séptimo día después de que cayó en cama.
Sed accedente ad febrem lateris dolore, quem graeci “pleuresin” dicunt, illoque adhuc inediam retinente, neque corpus aliter quam rarissimo potu sustentante, septimo postquam decubuit die, sacra communione percepta, decessit.

El colmo es que de un manotazo Rob descubre el apéndice y realiza una apendicectomía. Sepamos que la primera descripción científica del apéndice fue hecha por Berengarius Carpus en 1522, pero no hubo una visión clara de su nombre, posición y función hasta el s. XVIII, tras el trabajo de decenas de médicos. Las primeras intervenciones para extirpar el apéndice fueron obra de Claude Amyand (1735) y Mestivier (1759), aunque no fue hasta la contribución (1883) de Reginald Fitz cuando la apendicitis fue científicamente descrita y distinguida de otras enfermedades intestinales. Y correspondió a Thomas Morton realizar la primera exitosa extirpación del apéndice como tratamiento ante una apendicitis (1887).
Mujer aquejada de pleuresía.
John Arderne, “De Arte Phisicali de Cirurgia”, Ms X 188 (s. XV), p. 4, en la National Library of Sweden.

Para saborear algo de auténtica medicina medieval podemos hojear los textos de la primera institución occidental creada para la enseñanza y el ejercicio de la medicina, conocida como Escuela Médica Salernitana, que es probable que tuviese sus orígenes entre los monjes benedictinos. Ya en el siglo XI tenía altos exponentes como Garioponto ( c. 1056), autor de un Passionarius (manual de enfermedades), el erudito arzobispo Alfano ( 1085), autor de un tratado sobre el pulso, y a la médico Trota, autora de obras sobre ginecología y cosmética. Con la llegada de Constantino el Africano ( c. 1087) y sus numerosas traducciones de obras médicas clásicas griegas y recientes de árabes y judíos, la Escuela Salernitana alcanzó su máximo apogeo, y con razón Salerno fue llamada Hippocratica Ciuitas.

Una de las obras médicas más populares durante la Edad Media fue el llamado “Regimen Sanitatis Salernitanum” (o también Flos Medicinae Scholae Salerni). Precisamente por su popularidad esta obra fue en unos casos abreviada, en otros ampliada, de modo que todavía hoy no existe pleno consenso, entre tantas distintas versiones, sobre cuál fue el texto original que compuso un anónimo médico-poeta (durante mucho tiempo falsamente atribuido al valenciano Arnau de Vilanova) que sintetizó magistralmente las normas del “vivir bien - vivir sano” de la Escuela Salernitana.
Flos Medicinae Scholae Salerni, editado por S. De Renzi, Nápoles 1859, p. 1
Toda la escuela de Salerno escribe al rey de los ingleses:
si quieres mantenerte incólume, si quieres vivir sano,
deja las preocupaciones, considera indigno enojarse,
abstente del vino, cena poco, no consideres inútil
alzarse tras un banquete, huye de la siesta meridiana,
no retengas la orina ni reprimas con fuerza el ano.
Si cumples bien estas cosas, vivirás muchos años.
Anglorum regi scribit schola tota Salerni:
si uis incolumem, si uis te uiuere sanum,
curas linque graues, irasci crede profanum,
parce mero, coenato parum, non sit tibi uanum
surgere post epulas, somnum fuge meridianum,
ne mictum retine, ne comprime fortiter anum.
Haec bene si serues, tu longo tempore uiues.
Si te hacen falta médicos, que te hagan de médicos
estos tres: el optimismo, el sosiego, una dieta moderada.
Si tibi deficiant medici, medici tibi fiant
haec tria: mens laeta, requies, moderata diaeta.

Mujer frente al espejo. John Arderne, “De Arte Phisicali de Cirurgia”, Ms X 188 (s. XV), p. 1, en la National Library of Sweden.

Otra voz notable fue la médico Trota, de la cual por desgracia no conocemos sus datos biográficos, salvo que brilló en el s. XI entre sus colegas de Salerno y que escribió algunas obras médicas que hacen énfasis en aspectos ginecológicos y cosméticos. Uno de los manuscritos más valiosos de esta autora se halla en la Universidad Complutense de Madrid. He aquí algunos de sus consejos:

Practica secundum Trotam, BH Ms 119, f. 141r
Para dar color al rostro de las mujeres. Que coja una raíz de viticela y la deje secar en trozos pequeñísimos. Luego que lo pulverice y lo disuelva con agua fría, y se lo aplique al rostro con un algodón o un paño suave de lino, cuando va a dormir. Por la mañana, al levantarse, lavarse el rostro con agua y estará rubicunda por 3 días.
Ad colorandas facies mulierum. Accipiat radicem uiticellae et per subtilissimos merellos seccentur. Et deinde faciant puluerem et illum cum aqua frigida distemperatum, cum cotono uel cum subtili panno lineo, quando ibit dormitum, faciei superponat. In mane uero, cum surrexerit, cum aqua faciem lauet, et erit rubicunda per III dies.

Practica secundum Trotam, BH Ms 119, f. 143v
Para quitar los pelos de cualquier zona que quieras. Coge cal viva tamizada y ponla en agua hirviendo. Déjala hervir bien, moviéndola con frecuencia. Después agrega oropimente bien triturado con la cal en el agua hirviendo, agrega un poco de aceite, y remueve bien todo junto. Después para probarlo, mete ahí una pluma: si el preparado está en su punto, verás caer todos los pelos de la pluma. Esto se llama depilatorio.
Ad auferendos pilos de quocunque uolueris loco. Accipe calcem uiuam cribatam et in aquam feruentem mitte. Et eam assidue mouendo bene coquere dimitte. Postea auripigmentum bene tritum cum calce in aqua bullienti pone, et parum de oleo admisce, et bene omnia simul moue. Deinde ad illius probationem pennam plumatam ibi inunge, quod si coctum et bonum fuerit, de penna totam plumam decidere uidebis. Istud uocatur silotrum.
Otro depilatorio menos agresivo y no tan urticante. Toma tres partes de colofonia y una de cera, ponlas en una olla de barro y déjalo hervir bien. Ponlo tibio sobre las zonas peludas.
Aliud silotrum leuioris uirtutis et non adeo uritiuum. Accipe III partes colophoniae et I cerae, et in testa remitte, et bene bullire dimitte. Et tepidum super loca pilosa pone.

Glosario:
Viticela (clematis viticella): es un arbusto nativo de Europa, de flores azules, violetas o rosadas.
Oropimente: es un mineral compuesto de arsénico y azufre, que se encuentra en zonas volcánicas.
Colofonía: resina que brota de los pinos.

viernes, 27 de junio de 2014

Plátina: el bibliotecario rebelde

Hace unas semanas me preguntaba un amigo sobre los progresos de mi próxima traducción, que es sobre biografías papales: el “Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum”, escrito por Bartolomeo Sacchi (1421 – 1481), apodado Plátina, por el nombre latino de su ciudad natal (Piàdena, en Cremona, Italia). Cuando dije a mi amigo que Plátina había sido director de la Biblioteca Vaticana, su primer comentario fue: “seguramente debe ser una especie de versión oficial que ocultará o pasará de puntillas sobre los puntos negros de la historia de los papas”. Y a mí lo primero que se me ocurrió fue que eso mismo debió pensar el papa Sixto IV aquel día de 1475, cuando Plátina le ofreció su obra bellamente escrita en un códice de lujo (que todavía hoy se conserva: ms. Vat. Lat. 2044). ¿Pudo existir en el s. XV alguien bastante audaz para escribir una historia de los papas condenando sus vicios y ofrecérsela a un papa? Ese hombre existió y le apodaban Plátina.

De sus primeros años solo sabemos que era de una familia pobre y que en su juventud estuvo unos 4 años enrolado en el ejército bajo la bandera de Francesco Sforza y Niccolò Piccinino. Más tarde lo encontramos dedicado a los estudios bajo la guía de Ognibene da Lonigo en la célebre escuela de Mantua, que había fundado Vittorino da Feltre († 1446), en la cual estudiaban ricos y pobres (estos alojados gratuitamente) en una villa de la familia Gonzaga. En 1453 ya lo encontramos entre los preceptores de los hijos del marqués Ludovico Gonzaga. Poco después se trasladó a Florencia que era el epicentro del humanismo italiano y tuvo ocasión de trabar amistad con Piero y Cósimo Medici, Poggio, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Cristóforo Landino entre otros. Probablemente en 1461 se trasladó a Roma, donde fue acogido en el círculo literario de corte platónico que se reunía en torno a la figura de Pomponio Leto (la llamada Accademia Romana).
El papa Pío II, que era un protector del humanismo y seguramente también por los buenos oficios del cardenal Gonzaga, gran amigo de Plátina, le concedió (1464) una plaza en el “collegio degli abbreviatori” (un cuerpo de funcionarios de la curia que redactaban, copiaban o hacían minutas de diversos documentos papales). Pero pocos meses le duró el puesto porque tras la muerte de Pío II, su sucesor Pablo II despachó a todos los abbreviatori. Los afectados, muchos de ellos humanistas e imbuidos de ideas de igualdad y justicia, formaron una comisión, encabezada por Plátina, que se presentó en el Vaticano para exigir su reposición. Pero la autocracia papal estaba habituada a las súplicas y no a las reclamaciones, de modo que la audiencia concluyó con el papa fuera de sí expulsando a la comisión. Los humanistas no se rindieron y, ya que el papa no pensaba darles una nueva audiencia, le escribieron una carta todavía más audaz. Naturalmente Plátina acabó en las mazmorras de Castel Sant'Angelo, de donde salió 4 meses más tarde (enero 1465) gracias a la intercesión de su amigo y protector el cardenal Francesco Gonzaga.
Pocos años más tarde (1468) se vería mezclado en un problema todavía mayor. En la Accademia Romana se había introducido un cierto Filippo Buonaccorsi, apodado Calímaco, el cual además de humanista y neo paganizante, era un gran bebedor que en sus borracheras solía dar peroratas revolucionarias, amenazando grandes proyectos para destruir la tiranía papal. El resto de humanistas, que tenían razones para estar resentidos con Pablo II, parece que oían deleitados como Calímaco despotricaba contra el papa. Ya que esto se hacía casi públicamente, pronto la noticia llegó a los oídos de soplones y aduladores del papa, un hombre supersticioso y desconfiado.  El asunto se pintó con colores sombríos: un grupo de enemigos del cristianismo preparaba un complot para asesinar al papa y poner fin a la teocracia romana. De inmediato la policía vaticana entró en acción y más de 20 humanistas fueron a prisión: Plátina y Pomponio Leto entre los primeros. Casi un año estuvo en prisión hasta demostrar al suspicaz papa que no había ni complot ni herejía sino simplemente las fantasías y despropósitos de un joven ebrio. Todos fueron declarados inocentes, incluido el mismo Calímaco.
Afortunadamente para los humanistas Pablo II no tenía buena salud y tras una opípara comida murió de forma fulminante (1471). En su lugar fue elegido Francesco della Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV. Pronto Plátina entra en el círculo de intelectuales que gozaban de la benevolencia papal (1472). Es entonces cuando decide escribir la que será su gran obra: una biografía de todos los papas hasta sus tiempos. La presentó al papa, el cual pocos meses después lo nombra prefecto de la Biblioteca Vaticana (junio del 1475), cargo que mantuvo hasta su prematura muerte, por el flagelo de la peste (21 de setiembre de 1481).


Fresco de Melozzo da Forli: Sixto IV nombra a Plátina prefecto de la Biblioteca Vaticana (1477). Actualmente en la Pinacoteca Vaticana.

Sixto IV no era uno de esos que había llegado al papado solamente por alta alcurnia y riquezas. Él provenía de una familia de comerciantes. De joven entró en los franciscanos y llegó a ser profesor de filosofía y teología en Padua, Bolonia, Florencia, Perugia y Roma. Por sus méritos intelectuales y su fama de hombre piadoso fue elegido General de los franciscanos (1464) y luego fue creado cardenal (1467). Tras la temprana muerte de Pablo II, es elegido papa como hombre de consenso, gracias al apoyo de los cardenales Latino Orsini, Rodrigo Borja y Francesco Gonzaga. Por lo tanto aunque podamos imaginar que Sixto IV no supiese cabalmente el contenido del libro cuando se lo presentó Plátina, sin embargo es seguro que lo sabía, por sí mismo o por otros, cuando meses más tarde lo nombró director de la Biblioteca Vaticana.
Por lo tanto es un título de honor para Plátina haber tenido el coraje de escribirlo y presentarlo al papa, y es un título de honor para Sixto IV haber acogido la obra y el autor, demostrando tener la auténtica grandeza que sabe escuchar las críticas razonadas y no se asusta del espejo. No tuvieron esa misma grandeza los que siglos después, asustados por la tormenta protestante, trataron de minusvalorar, recortar, despreciar u ocultar la obra de Plátina. Así el agustino Onofrio Panvinio († 1568) lo traducirá extirpando cuidadosamente todos los pasajes malsonantes para las almas débiles. Tampoco está libre de recortes la popular traducción inglesa del s. XVII (publicada por W. Bentham, Londres 1893). La secular campaña de desprestigio ha calado en muchos historiadores que nunca lo han leído, o lo conocen a través de sus censores. Así Plátina ha sido caricaturizado, por un lado como hombre cobarde, capaz de todo con tal de conseguir el favor de los papas, y por otro lado, como un hombre colérico y vengativo que escribió lleno de resentimiento contra el papado. En realidad Plátina fue un ferviente humanista que creía tanto en los valores de la Roma y Grecia ideales, como en Cristo y la Iglesia, pero sin las supersticiones medievales y los caprichos autoritarios papales. No en vano empieza su historia de los papas, no en san Pedro, sino en Cristo, indicando así con quién debían medirse sus sucesores.



B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 140, 5-6. Sobre la ambición y avaricia.
Mira, te ruego, cuánto habían degenerado estos pontífices de sus antepasados, los cuales con su sangre nos dejaron esta nación cristiana tan grande y magnífica. El pontífice romano, padre y protector de lo sagrado, se llevó ilícitamente las cosas sagradas, y quien habría debido castigar los sacrilegios se volvió autor de un gran sacrilegio.
Vide, quaeso, quantum degenerauerint ii pontifices a maioribus suis qui hanc rempublicam christianam tam amplam tamque magnificam suo sanguine nobis reliquere. Pontifex romanus, sacrorum pater et rex, sacra ipsa furto abstulit, et qui uindicare sacrilegia debuerat tanti sacrilegii factus est auctor.
En verdad esto ocurre en cualquier república cuando la ambición y avaricia de los malos es más fuerte que la virtud y sensatez de los buenos. Por eso en el clero deberían ser elegidos aquéllos cuya vida y doctrina sea probada, no aquéllos que no teniendo nada de virtud ni religión buscan para sí mismos el poder con ambición y soborno.
Hoc autem contingere in quauis republica consueuit, quando plus malorum ambitio et auaritia ualet quam bonorum uirtus et grauitas. In clerum igitur deligendi essent quorum uita et doctrina probata sit, non autem ii qui cum nil uirtutis et religionis habeant ambitione et largitione sibi potentiam quaerunt.


B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 143, 1-2. Sobre el nepotismo.
JUAN Decimoquinto, …...... fue odiado por los clérigos, sobre todo porque, pospuesto el honor divino y la dignidad de la sede romana, regalaba los bienes materiales y espirituales entre sus familiares y partidarios; un vicio en verdad que de tal modo transmitió a los posteriores que ha llegado también hasta nuestros días.
IOHANNES Quintusdecimus, ….., ab ipsis clericis odio habitus est, maxime uero quod diuina humanaque omnia cognatis et affinibus suis elargiebatur, posthabito Dei honore et romanae sedis dignitate; quem certe errorem ita posteris tradidit ut ad nostram quoque aetatem peruenerit.
En verdad nada es más pernicioso que esta costumbre, ya que parece que nuestros sacerdotes no apetecen el pontificado por la religión y el culto de Dios, sino para saciar la avaricia y la glotonería de hermanos, sobrinos y allegados.
Qua quidem consuetudine nil certe dici perniciosius potest, cum non ob religionem et Dei cultum appetere pontificatum nostri sacerdotes uideantur, sed ut fratrum uel nepotum uel familiarium ingluuiem et auaritiam expleant.



B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 117, 2. Sobre la envidia y mezquindad.
Pues estos pontificuchos no pensaban nada más que en extinguir el nombre y prestigio de sus antecesores; cosa que no hay peor ni más mezquina, pues los que se empeñan en estas artimañas, despojados de toda virtud, tratan de derribar a los beneméritos de aquel sitial al que ellos no pueden alcanzar por pereza y maldad. Pues nunca hallarás a uno envidiando la fama ajena, a no ser aquel que, manchado de toda infamia, desespera que su nombre alguna vez llegue a ser célebre en la posteridad; esos son los que con engaño, maldad, dolo y calumnia, muerden, laceran, acusan y corroen a los beneméritos del género humano, como perros cobardes e inútiles, que por miedo no se enfrentan a las fieras, pero las muerden cuando están atadas o encerradas en jaulas.
Nil enim aliud ii pontificuli cogitabant quam et nomen et dignitatem maiorum suorum extinguere; quo nihil potest esse peius et angustioris animi, qui enim his artibus nituntur, nulla uirtute muniti, eo de loco abradere bene merentes conantur, quem ipsi ob ignauiam et maliciam attingere non possunt. Neminem siquidem unquam inuenies alienae famae inuidere, nisi qui, omnibus probris contaminatus, desperat suum apud posteros celebre nomen aliquando futurum; ii sunt qui fraude, malicia, dolo, maledicentia, de humano genere bene meritos mordent, lacerant, accusant, corrodunt, tanquam ignaui canes et inutiles, nec feris sese obiicientes ob timiditatem, sed uinctas et caueis inclusas mordentes.


Los textos y la numeración de referencia que uso son de la edición que próximamente espero publicar en mi “Librería Medieval”. Esa primera entrega abarcará los papas desde mitad del s. VIII hasta finales del s. X.

jueves, 22 de mayo de 2014

Catulo: poesía visceral


Un amigo de Facebook nos sugirió que el carácter primaveral y festivo del mes de mayo era un marco ideal para recordar el “Vivamus, mea Lesbia” de Catulo. La sugerencia me pareció óptima y con ese pretexto podemos recordar la figura del poeta y algunos retazos de su obra.
Gayo Valerio Catulo ( c. 54 a. C.) nació en Verona, en una familia acomodada y con contactos con hombres ilustres y poderosos del imperio (su padre era amigo de Julio César). Se trasladó a Roma para estudiar y luego se introdujo en los círculos literarios (quizás de la mano de Cornelio Nepote). Su temperamento apasionado y su talento poético encontraron incentivo y aplauso en la vida agitada y voluptuosa de la gran urbe.
Ahí encontraría una mujer que le haría experimentar emociones tan dispares que, por atracción o aversión, sería su gran musa y el tema dominante de sus poemas. Catulo dice que era una mujer casada y la llama con el seudónimo de Lesbia. Aunque él nunca revela la identidad de su amor imposible, sin embargo pronto ella fue identificada con una cierta Clodia (Apuleius, Apología, 10) y los estudiosos, a partir de diferentes indicios, han llegado a la convicción que se trataba de la esposa del poderoso Quinto Metelo Céler, cónsul el a. 60 a. C. Esta Clodia es conocida por su romance con Marco Celio Rufo, al que terminó acusando de intento de asesinato. El abogado del acusado fue el gran orador Cicerón (cf. Pro Marco Caelio Oratio), que nos ha dejado un detallado retrato de Clodia como una mujer lujuriosa, cruel e intrigante (y así logró la absolución de su defendido).
Tras la ruptura final con Clodia, Catulo se embarcó en una expedición a la provincia de Bitinia (norte de la actual Turquía), en parte para apartarse de Clodia, en parte con la esperanza de ganar dinero (siempre insuficiente por su prodigalidad), y sobre todo para honrar la tumba de su hermano que había muerto solo en aquellas tierras lejanas.
A su vuelta a Roma pudo darse el gusto de darle un portazo a Clodia que buscaba restablecer las antiguas cadenas y vislumbrar un futuro brillante bajo la protección de Julio César, pero todo quedó truncado con su muerte, cuando tenía unos treinta años.
Con el final del imperio romano la memoria del poeta cayó casi en el completo olvido. De su obra solo existe un manuscrito del s. X que contiene un solo poema (el 62). Sin embargo existió otro volumen que contenía toda su colección de poemas. De ese ejemplar (hoy perdido) se hicieron dos copias en el s. XIV, que subsisten hasta hoy, y son las fuentes de toda la obra que poseemos de Catulo.
"Catulo en casa de Lesbia" (1875). Óleo de sir Lawrence Alma-Tadema. Foto de WikiArt.
Los tres textos que presento a continuación los he construido a partir de esos dos manuscritos: el Bodleian Library, Canonicianus Class. Lat. 30 (O), y el BNF Ms. lat. 14137 (G). Adjunto las variantes más notables y una breve explicación de aspectos oscuros para el principiante.

Carmen 5
Vivamos, Lesbia mía, y amémonos,
y a todas las habladurías de los viejos ceñudos
démosles el valor de un as.
Viuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus* assis.
Ya que los astros pueden ocultarse y volver; pero
una vez que se apaga la breve luz para nosotros,
debemos dormir una única noche perpetua.
Soles occidere* et redire possunt;
nobis cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Dame mil besos, luego cien,
luego otros mil, luego otros cien,
luego hasta otros mil, luego cien.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein** mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Luego, cuando nos hayamos dado muchos miles,
los revolveremos, para que no sepamos,
ni ningún desgraciado pueda envidiar
al saber, cuántos besos nos dimos.
Dein,* cum milia multa fecerimus,
conturbabimus* illa, ne sciamus,
aut ne quis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

* O: estinemus; G: extimemus. O: ocidere.
** O: deinde mille altera deinde secunda centum; G: deinde mi altera da secunda centum.
* OG: deinde; G: millia; OG: conturbauimus; OG: tantus.

5,3: un as era la moneda de menor valor.
5, 11-13: se revuelve de modo que ni ellos ni los envidiosos sepan cuántos besos se han dado.

Carmen 92
Lesbia siempre habla mal de mí y no deja de hablar sobre mí, ¡pero que me muera si Lesbia no me ama!
Lesbia mi dicit semper male nec tacet umquam*
de me, Lesbia me dispeream nisi amat!**
¿Cómo lo sé? Porque lo mismo me pasa. La insulto a menudo ¡pero que me muera si no la amo!

Quo* signo? Quia sunt totidem mea.* Deprecor illam
assidue, uerum* dispeream nisi amo!

* G: unquam.
** G: amo.
* Estas dos últimas líneas faltan en G. O: ea. O: uero.

92, 3: Signo: es el verbo “signo, signavi”; no el sustantivo neutro “signum, signi”.

Carmen 101
Tras atravesar muchos pueblos y anchos mares
llego, oh hermano, a estas tristes exequias,
Multas per gentes et multa aequora uectus
aduenio has miseras, frater, ad inferias,
para darte el último servicio fúnebre
y hablar en vano a tus mudas cenizas,
ut te postremo donarem munere mortis
et mutam nequiquam* alloquerer cinerem,
pues el destino me arrebató a ti,
ay pobre hermano, apartado injustamente de mí.
quandoquidem fortuna mihi* tete abstulit ipsum,
heu miser indigne frater adempte mihi.*
Pero ahora entretanto recibe esto, que según la vieja usanza paterna
por triste deber se ofrece en las exequias,
Nunc tamen interea haec,* prisco quae* more parentum
tradita sunt tristi munere ad inferias,
con el fraternal llanto derramado en abundancia
y por siempre, oh hermano. Adios y cuídate.
accipe, fraterno multum manantia fletu
atque in perpetuum, frater. Aue atque uale.**

* OG: ne quicquam. G: michi. G: hoc. OG: priscoque.
** O: valle.

101, 2: has miseras inferias: un rito religioso por el difunto.
101, 3: donarem munere mortis; la misma idea. Nótese que rige ablativo y no acusativo.
101, 6: indigne: injustamente porque el hermano ha muerto prematuramente.
101, 7: haec: estas cosas son las ofrendas de vino, leche, miel, flores, etc., que solían ofrecerse a los difuntos. Esto es dado como un adelanto de una ofrenda mayor, probablemente un monumento conmemorativo en su tierra natal.
101, 7-10: la oración principal es: “nunc tamen interea accipe haec, frater”. Esta oración principal está interrumpida por dos subordinadas: “quae prisco more parentum tradita sunt tristi munere ad inferias”. Y la segunda: “fraterno manantia fletu multum atque in perpetuum”.