martes, 26 de agosto de 2014

Anécdotas de Augusto, emperador e intelectual

El pasado 19 de agosto se cumplieron 2000 años de la muerte del emperador Augusto († 14 d. C.). Al nacer (63 a. C.) recibió el nombre de Gayo Octavio, como su padre. Cuando fue adoptado (45 a. C.) por su tío, el dictador Julio César, pasó a llamarse Gayo Julio César Octaviano. Y finalmente cuando se convirtió en el primer emperador de Roma (27 a. C.) fue oficialmente llamado César Augusto.
Desde siempre ha sido justamente alabada su figura como estadista, legislador y mecenas del arte, que tomó de la mano la vetusta república oligárquica de Roma, dividida por incesantes guerras civiles, y la convirtió en un pujante Principado, que supo organizar todas las fuerzas heterogéneas que formaban el colosal imperio y forjar las bases jurídicas, administrativas e ideológicas de la unidad del Imperio.
En las últimas décadas novelas y series de televisión también han divulgado y puesto en primer plano su faceta como astuto político, que siendo solo un joven, supo navegar en las turbulentas aguas de la política romana, sabiendo escoger con oportunidad los tiempos para unirse o apartarse de los distintos bandos, aparecer o desaparecer del primer plano, hasta finalmente quedar como el único e indiscutible dueño de Roma.
Menos se ha hablado sobre su faceta como escritor, en gran medida con razón, pues prácticamente todas sus obras se han perdido o solo nos han llegado escasos fragmentos.
Aunque perdidos, sabemos con total certeza que escribió un Rescripta Bruto de Catone, que fue una respuesta al panegírico que había escrito Bruto el Joven († 42 a. C.) en alabanza de Catón de Útica († 46 a. C.), que era el icono de una facción de la aristocracia. También escribió unas Hortationes ad Philosophiam (Exhortaciones a filosofar); unas memorias conocidas como Commentarii de Vita Sua, que abarcaban hasta el final de la guerra cantábrica (24 d. C.); terminó una obra sobre geografía italiana que había proyectado M. Vipsanio Agripa, el notable general, arquitecto de acueductos y geógrafo, y que tituló Descriptio Italiae; escribió una Vita (Biografía) de su estimado hijastro Druso el Mayor, muerto prematuramente el a. 9 a. C. También incursionó en la poesía con un poema titulado Sicilia y un libro de epigramas (del que solo han llegados unas líneas). Incluso empezó a escribir una tragedia sobre el mitológico héroe griego Ajax, pero disgustado por el resultado, la destruyó. Solo han llegado hasta nosotros algunas epístolas y su Index Rerum a Se Gestarum, que escribió poco antes de morir, y que contiene un apretado resumen de toda su actividad. Por el carácter y la brevedad de la obra fue esculpida en numerosos monumentos y gracias a eso ha llegado hasta nosotros como ejemplo de su estilo ágil y conciso.

Representación del joven Augusto como sumo pontífice. En el Museo Nazionale Romano. Foto de Wikipedia.

La agudeza de su inteligencia y su personalidad también ha quedado reflejado en pequeñas anécdotas de la vida diaria, que felizmente para nosotros fueron conservadas por varios escritores romanos. A continuación veamos algunas, tomadas principalmente de Macrobio.


Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 2
Él había escrito una tragedia sobre Ajax y la había destruido porque le desagradaba. Después Lucio Vario, escritor de tragedias, le preguntó qué fue de su Ajax, y él le dijo: “Cayó bajo la esponja”.
Aiacem tragoediam scripserat, eandemque, quod sibi displicuisset, deleuerat. Postea Lucius Varius, tragoediarum scriptor, interrogabat eum, quid ageret Aiax suus, et ille: “In spongiam -inquit- incubuit”.
Nótese que en latín “spongia” significa esponja (que se usaba como una mota para borrar lo escrito) y también la cota de malla de los guerreros. Por lo tanto la frase indica que “cayó bajo la esponja” es decir que la obra fue borrada; pero al mismo tiempo puede significar: “yace en su cota de malla”, evocando que Ajax enloqueció y luego se suicidó a causa de la disputa por la armadura de Aquiles.


Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 3
El mismo Augusto, ya que uno tembloroso le daba una solicitud, y ora la tendía, ora la retiraba, le dijo: “¿Piensas que estás dando un as a un elefante?”.
Idem Augustus, cum ei quidam libellum trepidus offerret, et modo proferret, modo retraheret, “Putas -inquit- te assem elephanto dare?”.
El hombre que tembloroso ante la presencia del poderoso Augusto no sabe si hace bien entregando su solicitud o es un atrevimiento que le puede costar caro, es bien representado con la figura del que quiere colocar un as (la moneda más pequeña, como un céntimo) en la trompa de un inmenso y temible elefante (pensemos que el elefante era usado como arma de guerra y estaban lejos de verlos como hoy vemos a los apáticos elefantes de circo o zoológico).

Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 6.
Su afabilidad se mostró con el joven Herenio entregado a los vicios, al cual, ya que le ordenó abandonar el campamento y él suplicante dijese este lamento: “¿Cómo volveré a mi patria? ¿Qué diré a mi padre?, le respondió: “Dile que yo no te caía bien”.
Urbanitas eiusdem innotuit circa Herennium deditum uitiis iuuenem, quem, cum castris excedere iussisset et ille suplex hac deprecatione uteretur: “Quomodo ad patrias sedes reuertar? Quid patri meo dicam?”, respondit: “Dic me tibi displicuisse”.


Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 8
A Galba, cuyo cuerpo estaba deforme por una joroba, que defendía una causa en su presencia y frecuentemente decía: “Corrígeme, si algo desapruebas”, le respondió: “Yo puedo aconsejarte, no puedo enderezarte”.
Galbae, cuius informe gibbo erat corpus, agenti apud se causam, et frequenter dicenti: “Corrige in me, si quid reprehendis”, respondit: “Ego te monere possum, corrigere non possum”.
En latín “corrigere”, como "corregir" en castellano, significa enmendar un error (a lo que se refiere Galba), pero también enderezar o remediar un defecto físico (a lo que se refiere Augusto).


Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 11.
Habiendo oído que entre los niños menores de dos años que en Siria Herodes, rey de los judíos, ordenó matar, también había matado a su propio hijo, dijo: “Mejor es ser un puerco de Herodes que un hijo de Herodes”.
Cum audisset inter pueros quos in Syria Herodes, rex Iudaeorum, intra bimatum iussit interfici, filium quoque eius occisum, ait: “Melius est Herodis porcum esse quam filium”.
La autenticidad de esta anécdota ha levantado suspicacias entre los estudiosos; primero por la alusión al episodio del evangelio de Mt 2: 16 (la matanza de los inocentes); y segundo por el hecho que la ejecución de los hijos de Herodes el Grande ( 4 a. C.), Alejandro, Aristóbulo y Antípatro contaron con la aprobación del mismo Augusto. A pesar de todo no es inverosímil que Augusto (que solo formalmente dio el consentimiento, y no tuvo nada que ver en el juicio) lanzase esta censura contra el sanguinario rey. La frase hace referencia a la costumbre judía de no comer carne de cerdo, por lo tanto un cerdo estaba más a salvo en la corte de Herodes que los propios hijos del rey.



Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 12.
Fue llevado por uno a una cena bastante parca y casi cotidiana, pues él casi no se negaba a nadie que le invitaba. Así pues tras la cena, yéndose vacío y sin ningún festejo, mientras se despedía solo le susurró esto: “No sabía que yo te era tan familiar”.
Exceptus est a quodam cena satis parca et quasi quotidiana, nam paene nulli se inuitanti negabat. Post epulum igitur, inops ac sine ullo apparatu discedens, uale dicenti, hoc tantum insusurrauit: “Non putabam me tibi tam familiarem”.

Macrobius, Saturnales, lib. II, cap. 4: 29
Al volver glorioso de la victoria de Accio, entre los que le felicitaban se acercó uno que tenía un cuervo al que le había enseñado a decir: “¡Ave César, victorioso comandante!”. El César admirado compró el ave por 20 mil monedas.
Sublimis Actiaca uictoria reuertebatur, occurrit ei inter gratulantes coruum tenens, quem instituerat haec dicere: “Aue Caesar, uictor imperator!”. Miratus Caesar officiosam auem uiginti milibus nummum emit.
Un socio del comerciante, al que no le había tocado nada de esa generosidad, aseguró al César que aquel también tenía otro cuervo, y le rogó que le obligase a traerlo. Traído, dijo las palabras que había aprendido: “¡Ave Antonio, victorioso comandante!”. Para nada enfadado, consideró suficiente ordenar que aquel dividiese el dinero con su camarada.
Socius opificis, ad quem nihil ex illa liberalitate peruenerat, affirmauit Caesari habere illum et alium coruum, quem ut afferre cogeretur rogauit. Allatus, uerba quae didicerat expressit: “Aue uictor imperator Antoni!”. Nihil exasperatus, satis duxit iubere illum diuidere donatiuum cum contubernali.
Saludado de igual modo por un loro africano, ordenó comprarlo. Admirado igualmente por una urraca, también la adquirió.
Salutatus similiter a psittaco, emi eum iussit. Idem miratus in pica, hanc quoque redemit.
Estos casos incitaron a un pobre zapatero para enseñar a un cuervo un saludo similar. El cual, agotado por el esfuerzo, muchas veces solía decir al ave que no respondía: “¡Trabajo y dinero perdidos!”.
Exemplum sutorem pauperem sollicitauit ut coruum institueret ad parem salutationem. Qui, impendio exhaustus, saepe ad auem non respondentem dicere solebat: “Opera et impensa periit!”.
Pero cierto día el cuervo empezó a decir el saludo enseñado. Al escucharlo, mientras pasaba, Augusto respondió: “Bastantes de esos aduladores tengo en casa”. Quedaba en la memoria del cuervo aquellas palabras que solía oír a su dueño, y agregó: “¡Trabajo y dinero perdidos!”. Ante eso el César sonrió y ordenó pagar por el ave lo que hasta ahora no había pagado por ninguna de ellas.
Aliquando tamen coruus coepit dicere dictatam salutationem. Hac audita, dum transit, Augustus respondit: “Satis domi salutatorum talium habeo”. Superfuit coruo memoria ut et illa, quibus dominum querentem solebat audire, subtexeret: “Opera et impensa periit!”. Ad quos Caesar risit emique auem iussit quanti nullam adhuc emerat.
La batalla naval de Accio (31 a. C.) entre Marco Antonio y Vepsanio Agripa (general de Augusto) fue el golpe definitivo que desequilibró la balanza a favor de Augusto. El astuto entrenador de pájaros había preparado uno en caso de triunfo de Marco Antonio y otro en caso que la victoria fuese para Augusto. Su plan pudo tener un final trágico cuando su envidioso socio lo denunció, pero para Augusto fue ocasión de mostrar que no era un sátrapa oriental sino un hombre magnánimo.
Gema del s. I que representa a Augusto entre los dioses y abajo una alegoría del triunfo de Roma. En el Kunsthistoriche Museum de Viena. De Wikipedia. Foto de A. Praefcke.



Quintiliano, Institutiones Oratorias, lib. 6, cap. 3, n. 79
Augusto, a los tarragonenses que le anunciaban que en su altar había brotado una palma, les dice: “Parece que la encendéis a menudo”.
Augustus, nuntiantibus tarraconensibus palmam in ara eius enatam: “Apparet -inquit- quam saepe accendatis”.
Hispania y las Galias estuvieron entre los primeros lugares donde se empezó a implantar el culto al genio del emperador, estando atestiguado también por Quintiliano la existencia en Tarragona de un altar dedicado a Augusto, cuando este todavía vivía. Era visto como un signo de buena fortuna que hubiese brotado una palma junto al altar, y ese hecho sería un buen argumento para los aduladores delegados de Tarragona; sin embargo Augusto frivoliza el asunto anotando con ironía que simplemente puede ser señal de la poca frecuencia o poca monta de los sacrificios que ahí se realizaban. Nótese que dice "encender" porque los sacrificios se quemaban sobre el altar.

jueves, 24 de julio de 2014

Medicina Medieval: De "El Médico" a Trota, la Médico


El lunes pasado tuve ocasión de ver la película “El Médico” (Philipp Stötzl, Alemania, 2013), que está inspirada en la novela de Noah Gordon, The Physician (1986), y que en su momento fue gran éxito de ventas, especialmente en España y Alemania. Si alguien no ha leído el libro ni visto la película, en resumen narra una historia ambientada en el s. XI: el inglés Rob Cole, que desde niño posee el don de presentir la muerte de una persona, tras aprender los rudimentarios conocimientos médicos que le transmite un barbero, decide viajar a Persia para aprender en la escuela de Avicena ( 1037), el sabio más brillante de aquella época. Rob Cole logra convertirse en el mejor estudiante de medicina, a la vez que encuentra el amor de su vida. Tras la muerte del sha de Persia, que lo protegía, Rob Cole vuelve a Occidente a compartir lo que ha aprendido.
No voy a valorar la película ni su relación con la novela (un tema más adecuado para los blogs de cine y literatura), pero no puedo evitar apuntar que en la película se dice que la madre de Rob muere a causa de “la enfermedad del costado” (en la novela muere al dar a luz), y más adelante dan a entender que se trata de apendicitis, enfermedad que Rob puede estudiar en un cadáver, y luego incluso, casi al final del film, operar exitosamente al sha que padece el mismo mal (nada de esto aparece en la novela).
Parece inevitable que novelas y películas del llamado género “histórico” estén llenas de atropellos a la Historia, y los que somos aficionados (me incluyo) constantemente tenemos que hacer la vista gorda, y pensar “es una película”, “el pobre guionista de Hollywood qué sabía”, “sigámosle la corriente”. Pero sin duda a veces los errores (y horrores) históricos son tan patentes como gratuitos (por el puro gusto de insultar la inteligencia del lector-espectador).
En el caso de esta película, hemos de saber que el “mal del costado” (dolor lateris) era uno de los nombre que se daba en la Antigüedad y la Edad Media a la pleuritis (pleurisis). De hecho el término griego “pleurá” significa “costado”. Era una de las tantas enfermedades cuyos síntomas la medicina antigua sabía describir, aunque no conocía su origen ni conocía un tratamiento eficaz. Una víctima célebre de esta enfermedad fue el emperador Carlomagno:
Einhardus, Vita Karoli, 30 (MGH, SS, t. 2, p. 459)
Y mientras pasaba ahí el invierno, en el mes de enero cayó en cama, devorado por una fuerte fiebre. De inmediato, ya que la fiebre no cesaba, él se impuso una abstinencia de alimentos, creyendo que con esta moderación podía vencer o al menos mitigar el mal.
Cumque ibi hyemaret, mense ianuario, febre ualida correptus, decubuit. Qui statim, ut in febribus solebat, cibi sibi abstinentiam indixit, arbitratus hac continentia morbum posse depelli uel certe mitigari.
Pero atizando a la fiebre el mal del costado, que los griegos llaman “pleuresía”, y ya que mantenía todavía la abstinencia, y sustentaba el cuerpo solo con alguna bebida, murió, tras recibir la sagrada comunión, al séptimo día después de que cayó en cama.
Sed accedente ad febrem lateris dolore, quem graeci “pleuresin” dicunt, illoque adhuc inediam retinente, neque corpus aliter quam rarissimo potu sustentante, septimo postquam decubuit die, sacra communione percepta, decessit.

El colmo es que de un manotazo Rob descubre el apéndice y realiza una apendicectomía. Sepamos que la primera descripción científica del apéndice fue hecha por Berengarius Carpus en 1522, pero no hubo una visión clara de su nombre, posición y función hasta el s. XVIII, tras el trabajo de decenas de médicos. Las primeras intervenciones para extirpar el apéndice fueron obra de Claude Amyand (1735) y Mestivier (1759), aunque no fue hasta la contribución (1883) de Reginald Fitz cuando la apendicitis fue científicamente descrita y distinguida de otras enfermedades intestinales. Y correspondió a Thomas Morton realizar la primera exitosa extirpación del apéndice como tratamiento ante una apendicitis (1887).
Mujer aquejada de pleuresía.
John Arderne, “De Arte Phisicali de Cirurgia”, Ms X 188 (s. XV), p. 4, en la National Library of Sweden.

Para saborear algo de auténtica medicina medieval podemos hojear los textos de la primera institución occidental creada para la enseñanza y el ejercicio de la medicina, conocida como Escuela Médica Salernitana, que es probable que tuviese sus orígenes entre los monjes benedictinos. Ya en el siglo XI tenía altos exponentes como Garioponto ( c. 1056), autor de un Passionarius (manual de enfermedades), el erudito arzobispo Alfano ( 1085), autor de un tratado sobre el pulso, y a la médico Trota, autora de obras sobre ginecología y cosmética. Con la llegada de Constantino el Africano ( c. 1087) y sus numerosas traducciones de obras médicas clásicas griegas y recientes de árabes y judíos, la Escuela Salernitana alcanzó su máximo apogeo, y con razón Salerno fue llamada Hippocratica Ciuitas.

Una de las obras médicas más populares durante la Edad Media fue el llamado “Regimen Sanitatis Salernitanum” (o también Flos Medicinae Scholae Salerni). Precisamente por su popularidad esta obra fue en unos casos abreviada, en otros ampliada, de modo que todavía hoy no existe pleno consenso, entre tantas distintas versiones, sobre cuál fue el texto original que compuso un anónimo médico-poeta (durante mucho tiempo falsamente atribuido al valenciano Arnau de Vilanova) que sintetizó magistralmente las normas del “vivir bien - vivir sano” de la Escuela Salernitana.
Flos Medicinae Scholae Salerni, editado por S. De Renzi, Nápoles 1859, p. 1
Toda la escuela de Salerno escribe al rey de los ingleses:
si quieres mantenerte incólume, si quieres vivir sano,
deja las preocupaciones, considera indigno enojarte,
abstente del vino, cena poco, no consideres inútil
alzarse tras un banquete, huye de la siesta meridiana,
no retengas la orina ni reprimas con fuerza el ano.
Si cumples bien estas cosas, vivirás muchos años.
Anglorum regi scribit schola tota Salerni:
si uis incolumem, si uis te uiuere sanum,
curas linque graues, irasci crede profanum,
parce mero, coenato parum, non sit tibi uanum
surgere post epulas, somnum fuge meridianum,
ne mictum retine, ne comprime fortiter anum.
Haec bene si serues, tu longo tempore uiues.
Si te hacen falta médicos, que te hagan de médicos
estos tres: el optimismo, el sosiego, una dieta moderada.
Si tibi deficiant medici, medici tibi fiant
haec tria: mens laeta, requies, moderata diaeta.

Mujer frente al espejo. John Arderne, “De Arte Phisicali de Cirurgia”, Ms X 188 (s. XV), p. 1, en la National Library of Sweden.

Otra voz notable fue la médico Trota, de la cual por desgracia no conocemos sus datos biográficos, salvo que brilló en el s. XI entre sus colegas de Salerno y que escribió algunas obras médicas que hacen énfasis en aspectos ginecológicos y cosméticos. Uno de los manuscritos más valiosos de esta autora se halla en la Universidad Complutense de Madrid. He aquí algunos de sus consejos:

Practica secundum Trotam, BH Ms 119, f. 141r
Para dar color al rostro de las mujeres. Que coja una raíz de viticela y la deje secar en trozos pequeñísimos. Luego que lo pulverice y lo disuelva con agua fría, y se lo aplique al rostro con un algodón o un paño suave de lino, cuando va a dormir. Por la mañana, al levantarse, lavarse el rostro con agua y estará rubicunda por 3 días.
Ad colorandas facies mulierum. Accipiat radicem uiticellae et per subtilissimos merellos seccentur. Et deinde faciant puluerem et illum cum aqua frigida distemperatum, cum cotono uel cum subtili panno lineo, quando ibit dormitum, faciei superponat. In mane uero, cum surrexerit, cum aqua faciem lauet, et erit rubicunda per III dies.

Practica secundum Trotam, BH Ms 119, f. 143v
Para quitar los pelos de cualquier zona que quieras. Coge cal viva tamizada y ponla en agua hirviendo. Déjala hervir bien, moviéndola con frecuencia. Después agrega oropimente bien triturado con la cal en el agua hirviendo, agrega un poco de aceite, y remueve bien todo junto. Después para probarlo, mete ahí una pluma: si el preparado está en su punto, verás caer todos los pelos de la pluma. Esto se llama depilatorio.
Ad auferendos pilos de quocunque uolueris loco. Accipe calcem uiuam cribatam et in aquam feruentem mitte. Et eam assidue mouendo bene coquere dimitte. Postea auripigmentum bene tritum cum calce in aqua bullienti pone, et parum de oleo admisce, et bene omnia simul moue. Deinde ad illius probationem pennam plumatam ibi inunge, quod si coctum et bonum fuerit, de penna totam plumam decidere uidebis. Istud uocatur silotrum.
Otro depilatorio menos agresivo y no tan urticante. Toma tres partes de colofonia y una de cera, ponlas en una olla de barro y déjalo hervir bien. Ponlo tibio sobre las zonas peludas.
Aliud silotrum leuioris uirtutis et non adeo uritiuum. Accipe III partes colophoniae et I cerae, et in testa remitte, et bene bullire dimitte. Et tepidum super loca pilosa pone.

Glosario:
Viticela (clematis viticella): es un arbusto nativo de Europa, de flores azules, violetas o rosadas.
Oropimente: es un mineral compuesto de arsénico y azufre, que se encuentra en zonas volcánicas.
Colofonía: resina que brota de los pinos.

viernes, 27 de junio de 2014

Plátina: el bibliotecario rebelde

Hace unas semanas me preguntaba un amigo sobre los progresos de mi próxima traducción, que es sobre biografías papales: el “Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum”, escrito por Bartolomeo Sacchi (1421 – 1481), apodado Plátina, por el nombre latino de su ciudad natal (Piàdena, en Cremona, Italia). Cuando dije a mi amigo que Plátina había sido director de la Biblioteca Vaticana, su primer comentario fue: “seguramente debe ser una especie de versión oficial que ocultará o pasará de puntillas sobre los puntos negros de la historia de los papas”. Y a mí lo primero que se me ocurrió fue que eso mismo debió pensar el papa Sixto IV aquel día de 1475, cuando Plátina le ofreció su obra bellamente escrita en un códice de lujo (que todavía hoy se conserva: ms. Vat. Lat. 2044). ¿Pudo existir en el s. XV alguien bastante audaz para escribir una historia de los papas condenando sus vicios y ofrecérsela a un papa? Ese hombre existió y le apodaban Plátina.

De sus primeros años solo sabemos que era de una familia pobre y que en su juventud estuvo unos 4 años enrolado en el ejército bajo la bandera de Francesco Sforza y Niccolò Piccinino. Más tarde lo encontramos dedicado a los estudios bajo la guía de Ognibene da Lonigo en la célebre escuela de Mantua, que había fundado Vittorino da Feltre († 1446), en la cual estudiaban ricos y pobres (estos alojados gratuitamente) en una villa de la familia Gonzaga. En 1453 ya lo encontramos entre los preceptores de los hijos del marqués Ludovico Gonzaga. Poco después se trasladó a Florencia que era el epicentro del humanismo italiano y tuvo ocasión de trabar amistad con Piero y Cósimo Medici, Poggio, Marsilio Ficino, Pico della Mirandola, Cristóforo Landino entre otros. Probablemente en 1461 se trasladó a Roma, donde fue acogido en el círculo literario de corte platónico que se reunía en torno a la figura de Pomponio Leto (la llamada Accademia Romana).
El papa Pío II, que era un protector del humanismo y seguramente también por los buenos oficios del cardenal Gonzaga, gran amigo de Plátina, le concedió (1464) una plaza en el “collegio degli abbreviatori” (un cuerpo de funcionarios de la curia que redactaban, copiaban o hacían minutas de diversos documentos papales). Pero pocos meses le duró el puesto porque tras la muerte de Pío II, su sucesor Pablo II despachó a todos los abbreviatori. Los afectados, muchos de ellos humanistas e imbuidos de ideas de igualdad y justicia, formaron una comisión, encabezada por Plátina, que se presentó en el Vaticano para exigir su reposición. Pero la autocracia papal estaba habituada a las súplicas y no a las reclamaciones, de modo que la audiencia concluyó con el papa fuera de sí expulsando a la comisión. Los humanistas no se rindieron y, ya que el papa no pensaba darles una nueva audiencia, le escribieron una carta todavía más audaz. Naturalmente Plátina acabó en las mazmorras de Castel Sant'Angelo, de donde salió 4 meses más tarde (enero 1465) gracias a la intercesión de su amigo y protector el cardenal Francesco Gonzaga.
Pocos años más tarde (1468) se vería mezclado en un problema todavía mayor. En la Accademia Romana se había introducido un cierto Filippo Buonaccorsi, apodado Calímaco, el cual además de humanista y neo paganizante, era un gran bebedor que en sus borracheras solía dar peroratas revolucionarias, amenazando grandes proyectos para destruir la tiranía papal. El resto de humanistas, que tenían razones para estar resentidos con Pablo II, parece que oían deleitados como Calímaco despotricaba contra el papa. Ya que esto se hacía casi públicamente, pronto la noticia llegó a los oídos de soplones y aduladores del papa, un hombre supersticioso y desconfiado.  El asunto se pintó con colores sombríos: un grupo de enemigos del cristianismo preparaba un complot para asesinar al papa y poner fin a la teocracia romana. De inmediato la policía vaticana entró en acción y más de 20 humanistas fueron a prisión: Plátina y Pomponio Leto entre los primeros. Casi un año estuvo en prisión hasta demostrar al suspicaz papa que no había ni complot ni herejía sino simplemente las fantasías y despropósitos de un joven ebrio. Todos fueron declarados inocentes, incluido el mismo Calímaco.
Afortunadamente para los humanistas Pablo II no tenía buena salud y tras una opípara comida murió de forma fulminante (1471). En su lugar fue elegido Francesco della Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV. Pronto Plátina entra en el círculo de intelectuales que gozaban de la benevolencia papal (1472). Es entonces cuando decide escribir la que será su gran obra: una biografía de todos los papas hasta sus tiempos. La presentó al papa, el cual pocos meses después lo nombra prefecto de la Biblioteca Vaticana (junio del 1475), cargo que mantuvo hasta su prematura muerte, por el flagelo de la peste (21 de setiembre de 1481).


Fresco de Melozzo da Forli: Sixto IV nombra a Plátina prefecto de la Biblioteca Vaticana (1477). Actualmente en la Pinacoteca Vaticana.

Sixto IV no era uno de esos que había llegado al papado solamente por alta alcurnia y riquezas. Él provenía de una familia de comerciantes. De joven entró en los franciscanos y llegó a ser profesor de filosofía y teología en Padua, Bolonia, Florencia, Perugia y Roma. Por sus méritos intelectuales y su fama de hombre piadoso fue elegido General de los franciscanos (1464) y luego fue creado cardenal (1467). Tras la temprana muerte de Pablo II, es elegido papa como hombre de consenso, gracias al apoyo de los cardenales Latino Orsini, Rodrigo Borja y Francesco Gonzaga. Por lo tanto aunque podamos imaginar que Sixto IV no supiese cabalmente el contenido del libro cuando se lo presentó Plátina, sin embargo es seguro que lo sabía, por sí mismo o por otros, cuando meses más tarde lo nombró director de la Biblioteca Vaticana.
Por lo tanto es un título de honor para Plátina haber tenido el coraje de escribirlo y presentarlo al papa, y es un título de honor para Sixto IV haber acogido la obra y el autor, demostrando tener la auténtica grandeza que sabe escuchar las críticas razonadas y no se asusta del espejo. No tuvieron esa misma grandeza los que siglos después, asustados por la tormenta protestante, trataron de minusvalorar, recortar, despreciar u ocultar la obra de Plátina. Así el agustino Onofrio Panvinio († 1568) lo traducirá extirpando cuidadosamente todos los pasajes malsonantes para las almas débiles. Tampoco está libre de recortes la popular traducción inglesa del s. XVII (publicada por W. Bentham, Londres 1893). La secular campaña de desprestigio ha calado en muchos historiadores que nunca lo han leído, o lo conocen a través de sus censores. Así Plátina ha sido caricaturizado, por un lado como hombre cobarde, capaz de todo con tal de conseguir el favor de los papas, y por otro lado, como un hombre colérico y vengativo que escribió lleno de resentimiento contra el papado. En realidad Plátina fue un ferviente humanista que creía tanto en los valores de la Roma y Grecia ideales, como en Cristo y la Iglesia, pero sin las supersticiones medievales y los caprichos autoritarios papales. No en vano empieza su historia de los papas, no en san Pedro, sino en Cristo, indicando así con quién debían medirse sus sucesores.



B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 140, 5-6. Sobre la ambición y avaricia.
Mira, te ruego, cuánto habían degenerado estos pontífices de sus antepasados, los cuales con su sangre nos dejaron esta nación cristiana tan grande y magnífica. El pontífice romano, padre y protector de lo sagrado, se llevó ilícitamente las cosas sagradas, y quien habría debido castigar los sacrilegios se volvió autor de un gran sacrilegio.
Vide, quaeso, quantum degenerauerint ii pontifices a maioribus suis qui hanc rempublicam christianam tam amplam tamque magnificam suo sanguine nobis reliquere. Pontifex romanus, sacrorum pater et rex, sacra ipsa furto abstulit, et qui uindicare sacrilegia debuerat tanti sacrilegii factus est auctor.
En verdad esto ocurre en cualquier república cuando la ambición y avaricia de los malos es más fuerte que la virtud y sensatez de los buenos. Por eso en el clero deberían ser elegidos aquéllos cuya vida y doctrina sea probada, no aquéllos que no teniendo nada de virtud ni religión buscan para sí mismos el poder con ambición y soborno.
Hoc autem contingere in quauis republica consueuit, quando plus malorum ambitio et auaritia ualet quam bonorum uirtus et grauitas. In clerum igitur deligendi essent quorum uita et doctrina probata sit, non autem ii qui cum nil uirtutis et religionis habeant ambitione et largitione sibi potentiam quaerunt.


B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 143, 1-2. Sobre el nepotismo.
JUAN Decimoquinto, …...... fue odiado por los clérigos, sobre todo porque, pospuesto el honor divino y la dignidad de la sede romana, regalaba los bienes materiales y espirituales entre sus familiares y partidarios; un vicio en verdad que de tal modo transmitió a los posteriores que ha llegado también hasta nuestros días.
IOHANNES Quintusdecimus, ….., ab ipsis clericis odio habitus est, maxime uero quod diuina humanaque omnia cognatis et affinibus suis elargiebatur, posthabito Dei honore et romanae sedis dignitate; quem certe errorem ita posteris tradidit ut ad nostram quoque aetatem peruenerit.
En verdad nada es más pernicioso que esta costumbre, ya que parece que nuestros sacerdotes no apetecen el pontificado por la religión y el culto de Dios, sino para saciar la avaricia y la glotonería de hermanos, sobrinos y allegados.
Qua quidem consuetudine nil certe dici perniciosius potest, cum non ob religionem et Dei cultum appetere pontificatum nostri sacerdotes uideantur, sed ut fratrum uel nepotum uel familiarium ingluuiem et auaritiam expleant.



B. Plátina, Liber de Vita Christi ac omnium Pontificum, 117, 2. Sobre la envidia y mezquindad.
Pues estos pontificuchos no pensaban nada más que en extinguir el nombre y prestigio de sus antecesores; cosa que no hay peor ni más mezquina, pues los que se empeñan en estas artimañas, despojados de toda virtud, tratan de derribar a los beneméritos de aquel sitial al que ellos no pueden alcanzar por pereza y maldad. Pues nunca hallarás a uno envidiando la fama ajena, a no ser aquel que, manchado de toda infamia, desespera que su nombre alguna vez llegue a ser célebre en la posteridad; esos son los que con engaño, maldad, dolo y calumnia, muerden, laceran, acusan y corroen a los beneméritos del género humano, como perros cobardes e inútiles, que por miedo no se enfrentan a las fieras, pero las muerden cuando están atadas o encerradas en jaulas.
Nil enim aliud ii pontificuli cogitabant quam et nomen et dignitatem maiorum suorum extinguere; quo nihil potest esse peius et angustioris animi, qui enim his artibus nituntur, nulla uirtute muniti, eo de loco abradere bene merentes conantur, quem ipsi ob ignauiam et maliciam attingere non possunt. Neminem siquidem unquam inuenies alienae famae inuidere, nisi qui, omnibus probris contaminatus, desperat suum apud posteros celebre nomen aliquando futurum; ii sunt qui fraude, malicia, dolo, maledicentia, de humano genere bene meritos mordent, lacerant, accusant, corrodunt, tanquam ignaui canes et inutiles, nec feris sese obiicientes ob timiditatem, sed uinctas et caueis inclusas mordentes.


Los textos y la numeración de referencia que uso son de la edición que próximamente espero publicar en mi “Librería Medieval”. Esa primera entrega abarcará los papas desde mitad del s. VIII hasta finales del s. X.