viernes, 11 de abril de 2014

Requiem: Historia


Con la palabra latina “requiem” en primer lugar se designa cierto conjunto de oraciones que usa, o usaba, la Iglesia católica en diversos tipos de servicios religiosos por los difuntos (velatorio, misa de exequias o conmemorativa, entierro, etc.); y se les denominó así precisamente porque todas ellas empezaban con las palabras “requiem aeternam ...” En segundo lugar “requiem” designa un variado conjunto de composiciones musicales que se basan o inspiran en dichas oraciones o al menos en los sentimientos de muerte y tristeza que evocan.
En este artículo quiero detenerme solo en el primer aspecto, es decir, en el origen, desarrollo y análisis del réquiem “religioso”, no de las multiformes creaciones musicales que se engloban bajo la etiqueta de “réquiem”. A pesar de esto, escribo este artículo, al igual que he hecho otros sobre himnos medievales, pensando en los cultores de música clásica, y en especial la música coral, que buscan información fidedigna sobre este tema.
Particular del "Juicio Final" de Miguel Ángel. La idea católica del purgatorio promueve la idea que se puede ayudar a los difuntos. Foto: Web Gallery Art.
 Naturalmente desde los primeros siglos los cristianos rodearon la muerte de sus seres queridos con muestras de piedad y cariño. Sabemos que en los entierros se recitaban oraciones y se cantaban salmos, y que las tumbas de los mártires fueron lugar privilegiado para sus celebraciones religiosas. Sin embargo todo esto era fruto de la espontaneidad de los participantes, pues no existían ni oraciones “especiales”, ni un orden establecido.
Cuando el cristianismo se volvió religión oficial y el culto empezó a desarrollarse, comenzaron a multiplicarse los libros litúrgicos, unos recopilando oraciones e himnos, otros reuniendo lecturas bíblicas para las celebraciones, otros con normas y pautas para los sacramentos, etc. Estos libros litúrgicos nacían en monasterios o sedes episcopales, pero ya que al respecto no existían normas eclesiásticas universales, existía una gran variedad y libertad en la admisión o modificación de oraciones y otros muchos detalles rituales. Esta producción literaria litúrgica va a girar sobre todo en torno a dos actividades: la celebración de la misa (cuya expresión final más alta serán los misales) y el rezo de las Horas (cuya expresión final más alta serán los breviarios).
Si en esas variopintas colecciones buscamos un ritual de difuntos (es decir un conjunto de oraciones escritas ad hoc), vemos que todavía no existe una Missa pro defunctis, por ejemplo, en el Missale Francorum (Cod. Vat. Reg. lat. 257) del s. VI, ni en el Missale Gothicum (Cod. Vat. Reg. Lat. 317) del s. VII, ni en el Missale Gallicanum Vetus (Cod. Vat. Pal. lat. 493) del s. VIII. Pero aparecen en el Sacramentarium Leonianum (Codex Veronensis LXXXV, olim 80; Muratori, Liturgia Romana Vetus, I, col. 451-453) del s. VII, en el Sacramentarium Gallicanum (Muratori, o. c., II, col. 914-915), recién a finales del s. VIII, en el Sacramentarium Gregorianum (varios códices; Muratori, o. c., II, col. 213-221) de finales del s. IX. Hay que añadir que estos textos son distintos a los de la famosa misa de réquiem; solo el Sacramentarium Gregorianum cita únicamente, y solo una vez y fuera del contexto de la misa, las antífonas “requiem aeternam dona ei, Domine”, y “in memoria aeterna erit iustus”.
Por otro lado en la Liturgia de las Horas ya aparece bien formado un Officium defunctorum, por ejemplo en el Antiphonarium del monje Hartker (St. Gallen, Cod. Sang. 391, p. 196 ss., del s. X), donde entre otras oraciones encontramos esta (p. 198-199):

R/: Dales, oh Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua.
R/: Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.
V/: Tú que resucitaste del sepulcro al fétido Lázaro, Tú dales, oh Señor, el descanso, y brille para ellos la luz perpetua.
V/: Qui Lazarum resuscitasti a monumento foetidum, Tu eis Domine dona requiem, et lux [perpetua luceat eis].
R/: Líbrame, oh Señor, de la muerte eterna en ese día terrible, cuando los cielos y la tierra se han de estremecer.
R/: Libera me, Domine, de morte aeterna in die illo tremendo, quando coeli mouendi sunt et terra.
V/: Yo estoy tembloroso y tengo miedo, ya que llegará el examen y la ira futura.
V/: Tremens factus sum ego et timeo, cum discussio uenerit atque uentura ira.
V/: Ese día será un día de ira, día de calamidad y desgracia, día terrible y muy amargo.
V/: Dies illa, dies irae, dies calamitatis et miseriae, dies magna et amara ualde.
V/: ¿Qué, pobre de mí, qué diré, o qué haré? Pues nada de bueno diría ante tal juez, siendo que el justo se salvará a duras penas y el inicuo será condenado ante el tribunal del juez.
V/: Quid, ego miserrimus, quid dicam, aut quid faciam? cum nil boni perferam ante talem iudicem, quando uix iustus saluabitur et iniquus condemnabitur ante tribunal iudicis.

En este texto encontramos por un lado la antífona “Requiem aeternam” y por otro lado unas líneas de un autor anónimo: “Liberame Domine … tribunal iudicis”, que con gran habilidad conecta el tema de la muerte con la idea del fin del mundo y el Juicio Final, creando un escenario grandioso (aeterna, tremendo, coeli et terra, irae, magna, valde) sobre el cual dibuja con trazos geniales la figura pequeña y temblorosa del creyente (tremens, ego, timeo, miserrimus). Este enfoque novedoso e impactante tendrá éxito y la idea será desarrollada en los siglos siguientes.
Parece evidente que este texto estuvo inspirado en el profeta Sofonías 1, 15-16:
Un día de ira será aquel día, día de tribulación y angustia, día de calamidad y desgracia, día de tinieblas y oscuridad, día de nubes y tormenta, día de trompeta y griterío contra los muros de la ciudad y las almenas elevadas.
Dies irae dies illa, dies tribulationis et angustiae, dies calamitatis et miseriae, dies tenebrarum et calignis, dies nebulae et turbinis, dies tubae et clangoris super civitatis munitas, et super angulos excelsos.
El "Liberame, Domine" en el Antifonario del monje Hartker.

Antes de seguir también fijémonos en el pasaje más afortunado (pues está entre los más antiguos que ha durado hasta hoy) y que dio nombre a este género litúrgico: “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis”. Este pasaje está inspirado en el cuarto libro de Esdras, un escrito apócrifo de finales del s. I, que sin embargo fue muy apreciado por la Iglesia y en muchas ediciones de la Vulgata solía colocarse al final para indicar que aunque no era auténtico sin embargo era edificante. El pasaje que lo inspira es el siguiente:
4 Esd 2, 34-35
34. Y por eso os digo a vosotros, gentes que escucháis y entendéis: aguardad a vuestro pastor, que os dará el descanso de la eternidad, pues está cerca aquel que vendrá en el fin del mundo.
34. Ideoque vobis dico, gentes quae auditis et intellegitis: expectate pastorem vestrum, requiem aeternitatis dabit vobis, quoniam in proximo est ille, qui in finem saeculi adveniet.
35. Estad preparados para los premios del reino, porque la luz perpetua brillará para vosotros por toda la eternidad.
35. Parati estote ad praemia regni, quia lux perpetua lucebit vobis per aeternitatem temporis.

Volviendo al desarrollo de la misa de difuntos, podemos ver que en el Missale benedictinum ad usum Trecensem (BNF Ms lat. 818) del s. XI, f. 187r, únicamente se cita el “Liberame, Domine, de morte aeterna”, y no en la misa, cuyas oraciones son totalmente distintas. En cambio en el Rituale antiquum Orseriense (Grand-St-Bernard, Ms 03, olim 10091) f. 59v-61r, del s. XIV, ya encontramos las mismas oraciones y en el mismo orden que en el réquiem del misal tridentino, con la única ausencia de la secuencia “Dies irae”.

El último elemento distintivo del requiém tridentino llegaría en el s. XIII con la inserción de la secuencia “Dies irae, dies illa”. Una “sequentia” es un himno que de modo extraordinario se inserta entre la última lectura bíblica y la proclamación del Evangelio. Al principio este recurso se usaba solo en las misas de algunas fiestas importantes, pero poco a poco se multiplicaron por decenas. La reforma litúrgica de Trento las recortó drásticamente (solo quedaron 5) y la reforma del Vaticano II solo ha conservado dos (Pascua y Pentecostés) como obligatorias.
Para explicar el origen de la secuencia “Dies irae, dies illa” debemos primero entender el concepto de “tropo” (aquí solo me refiero al fenómeno en la liturgia medieval). Se llama tropo a la ampliación o alteración de un texto litúrgico por medio del añadido de un nuevo texto. Este fenómeno surgió con fuerza en el s. IX junto con el desarrollo del canto gregoriano. Los textos largos (salmos, himnos, lecturas bíblicas, etc.) son fáciles de musicalizar con las técnicas gregorianas, pero existen textos litúrgicos importantes que son demasiado breves (aleluya, amén, kyrie eleison, etc). Para que el efecto no sea demasiado pobre se utilizó la técnica llamada “melisma”, es decir aumentar el número de notas asignadas a la misma vocal (el característico a-a-a-a-a-a-a-a-a-men). La técnica gustó y se desarrolló y complicó de tal manera que era difícil recordar las notas. Entonces a algunos se les ocurrió introducir textos (naturalmente acordes con el tenor del texto principal) para mejor recordar la melodía (cualquiera que ha cantado, sabe que es más difícil recordar una melisma que una melodía en que el texto va cambiando): y así surgieron los primeros tropos. Oigamos como lo relata uno de los grandes compositores de este género, el monje Notkerus:

Siendo entonces un jovenzuelo y ya que con frecuencia las larguísimas melodías confiadas a la memoria escapaban a mi inestable y pequeño espíritu, comencé a darle vueltas en qué modo podía retenerlas.
Cum adhuc iuuenulus essem et melodiae longissimae sepius memoriae commendatae instabile corculum aufugerent, coepit acitus mecum uoluere quonammodo eas potuerim colligare.
Pero entretanto ocurrió que cierto presbítero de [la abadía de] Jumièges, hacía poco devastada por los normandos, vino a nosotros, trayendo consigo su antifonario, en el que algunos versos estaban musicalizados como secuencias, pero ya entonces muy viciados, de modo que quedé tan deleitado al verlos, como amargado al oírlos; sin embargo empecé a componer a imitación de ellos.
Interim uero contigit prespiter quidam de Gimedia, nuper a nortmannis uastata, uenire ad nos, antiphonarium suum deferens secum, in quo aliqui uersus ad sequentias erant modulati, sed iam tunc nimium uiciati, quorum ut uisu delectatus, ita sum gustu amaricatus; ad imitationem tamen eorundem coepi scribere.
Notker, Liber Hymnorum, Einsiedeln, Stifsbibliothek, Codex 121 (1151), del s. X, f. 429r-429v:

Los tropos primero fueron pues pequeños fragmentos que se añadían al canto del aleluya o el kyrie, pero pronto crecieron y se convirtieron en obras con propia personalidad, creándose incluso cuando no se cantaba el aleluya (como en la misa de difuntos): Así surgen las secuencias que, libres de la estrechez del texto litúrgico o bíblico, desarrollan con más libertad y amplitud la idea de la fiesta litúrgica. Empezaron pues como simple florecillas ornamentales y después algunas de ellas se convirtieron en auténticos árboles.
En el caso de la secuencia “dies irae dies illa” debemos buscar su punto de arranque en el himno, arriba visto, “Liberame, Domine, de morte aeterna”, que pertenece al Oficio de Difuntos de la Liturgia de las Horas. De hecho la secuencia inicia simplemente alterando la tercera estrofa del “Liberame”, que decía “dies illa dies irae”. Aquí el nuevo compositor recoge la posta y con versos magistrales nos pinta un gran cuadro del Juicio Final (1-6) y luego desgrana con diversos matices la súplica del creyente, que va pasando del terror ante el Dios que es Juez, aunque antes ha sido Salvador (7-12), a la confianza humilde y sosegada en el buen Dios (13-17). Poco tiempo después debió añadirse las estrofas 18 y 19, ambas de distinta mano. La estrofa 18 fue añadida porque tenía un argumento similar, aunque los versos siguen otro ritmo. La estrofa final fue añadida para mejor acomodarla a su uso en la misa de difuntos y subrayar la petición central de esa liturgia.
La secuencia "Dies Irae" en un misal tridentino de 1577.
Esta secuencia suele atribuirse a Tomás de Celano sin embargo la fuente de esta información, el cronista Bartholomaeus Pisanus (c. 1401), no lo afirma con seguridad:
…. y se dice que compuso el himno de difuntos que se dice en la misa, o sea el “Dies illa dies irae” etc.
…. et prosam de mortuis quae dicitur in missa, scilicet “Dies illa dies irae” et cet. dicitur fecisse.
Bartholomaeus Pisanus, De Conformitate, XI, 2,en Analecta Franciscana IV, 1906, p. 530
A esto se añade que los cronistas franciscanos más cercanos a Tomás de Celano no dicen nada al respecto. Sea su autor un franciscano, o no, lo cierto es (si seguimos el rastro de los manuscritos) que esta secuencia primero aparece en los libros litúrgicos de los conventos franciscanos de Italia en el s. XIII, y gracia al impulso franciscano se difundió a sus zonas de influencia: sur de Alemania y Francia; en cambio en lugares como España e Inglaterra no hay rastro de esta secuencia antes del s. XVI. Debido a la importancia que adquirieron los franciscanos en la jerarquía italiana y en el campo de la liturgia, esta secuencia se volvió habitual en la praxis romana.
Cuando a mitad del s. XVI el Concilio de Trento impuso la praxis litúrgica romana como la única legítima, la secuencia “Dies Irae” fue una de las pocas que se salvó, y desde entonces se convirtió en patrimonio común de todos los católicos. Según el misal tridentino, esta secuencia solo se incluía en la celebración de todos los fieles difuntos (2 de noviembre) y en las misas de exequias (las popularmente llamadas “de cuerpo presente”). En el breviario tridentino también se mantuvo el “Liberame, Domine”, en el oficio nocturno. Esta oración ya que también se rezaba (entre otras) junto al féretro, solía pronunciarse también en el contexto de la misa de exequias. Por eso aunque no forma estrictamente parte de la misa de difuntos, sin embargo es usado por los compositores musicales, ya que de hecho también se usa en las exequias.
Las cosas se mantuvieron inalteradas hasta el s. XX (solo la iglesia francesa, que gozaba de libertades especiales, cambió un par de estrofas del “Dies irae”) cuando a la secuencia le tocó vivir su propio “dies irae”, pues la reforma litúrgica del Vaticano II consideró que exageraba la idea de castigo y terror y por lo tanto, junto con otras oraciones, fue excluida del nuevo misal. Solo se salvaron el introitus (Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis) y la antífona antes de la comunión (Lux aeterna luceat eis, Domine, etc.), que todavía se conservan.

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